¡ASÍ QUE MORIREMOS!

Un destello brillante iluminó la perentoria
muerte de la tarde.

Antes,
el sordo impacto de una granada abrió
el blindaje del Sherman
y el humo de la deflagración y las llamas
devoró
a los alemanes que lo tripulaban.

-¡Como que me llamo Gromov…
yo los he sentenciado a ese infierno!

Yo he visto como mi disparo encendía
una chispa azulada… luego la llamarada voraz,
los gritos entre el tronar de los proyectiles
que estallaban
y el maldito fuego del infierno arremolinándose
hacia el cielo-

Los fusileros antitanques solían cargar con el peso
de sus armas y el rencor de su cólera
sobre sus mochilas.

-¡Echo de menos, a mi mujer, a mi hijo y a mi izba! –
Comentó Gromov, al jefe del regimiento,
el general Savinov.

  • ¡Ya habrá tiempos mejores! –
    Acotó el general.

La crueldad soviética era un silencio a voces.
Las líneas de combate sufrían el acoso
de su propia retaguardia.

Ante el menor atisbo de retroceder, la tropa
disparaba con la ferocidad de un enemigo
sobre los propios.

Los fusilamientos venían firmados por el propio
Stalin.
La cantidad iba en aumento con las urgencias
del combate.

El régimen de terror en que se había transformado
el marxismo soviético,
propiciaba que la palabra del dictador fuera más
que la ley.

Algunos generales golpeaban a sus subordinados
sin escrúpulos.

El comandante del ejército le asestó
un golpe
intempestivo al coronel Shuba en el rostro,
ante la mirada atónita del coronel Tarasov…

Y este,
en vez de reaccionar, hizo un silencio cómplice.

Un ferry desbordado de hombres ante el bombardeo
de un Ju-88,
se hundió en las aguas patibularias
del Volga.

Un soldado disparó sobre un camarada herido
Que intento retroceder.
El valor del asesinato mereció
una condecoración.

Stalin enloqueció cuando Stalingrado quedó rodeada.
Ni Ieremenko, ni Nikita Jruschov, asumieron
el error,
pero sus voces se apagaron ante el furor del jefe.

Alguien debía asumir el comando del 62 ejército
antes que la ciudad cayera.

Alguien a fe de valor y a capacidad de mando.
Alguien que no le rehuyera el combate.
Alguien ajeno al temor.

El general Vasili Chuikov, rudo y despiadado soldado
fue nombrado.

Deberá salvar Stalingrado -Inquirió Ieremenko –
¿Entiende?… ¡Si entiendo! -Respondió Chuikov-
¿Qué entiende?

-Significará que quizás deberé morir en el intento.
¡Así que moriremos! –

TRINO DE LOS HORRORES DE LA NOCHE Auschwitz 1941

En la calle hay un gorrión negro
que ha vomitado su trino
y el trino defeca olores nauseabundos de la tarde.

El gorrión se ha parado a la altura de una rama
y un niño con su rostro de muerte le sonríe.

Trino de la noche negra del sueño,
trino de la retaguardia del hambre,
trino obsceno.

Cuando marchamos al compás de los alaridos,
repiques de los gritos,
el silencio se hace más profundo en el pecho
y el otro es la oscuridad,
y el humo es la escoria de nuestros cuerpos
que sube
como una fumarola hedionda de las chimeneas
y tiñe los campos con nuestra humillación.

Trino de los gorriones malheridos
del alma.

Esta noche alguien ha muerto de una bala en el cráneo.
¿Pero que importa esta muerte solitaria
para los conjurados de la muerte?
Esta noche he vomitado en mi camastro
y otro orinó cuando lo ahorcaban en el patio.
¿Acaso la muerte tiene un olor distinto?

Trino de los horrores melancólicos
de las penumbras.

La sordidez de la barraca
hiede a miedo.
Alguno de nosotros mañana
habrá de ver el volumen de la noche
en sus uñas mugrientas y afligidas
y su boca exhalará el vaho
de la angustia.

Trémulo gorgojeo del pájaro
que trina socarronamente.

Llueve sobre los techos de zinc
mal trazados
y arrastra la ceniza que fluye de nuestros pulmones,
el aire está lleno de voces que el humo no ha logrado mitigar
y el desgarrado baile de nuestros huesos crepitando
en las paredes de juntas desparejas
se marchita como una oración.

Trino de la desesperanza
de la razón,
trino amortajado del odio.

El otro ha descolorido mi semblante,
ha negado mi aliento
y estoy solo de soledad
y el hueco de la cama
contiene mi úlcera.

Trino del pájaro que ha huido
a la profundidad del bosque.

El pájaro se ha marchado con su estela
luminosa de arrogancia
y se ha llevado de nuestra herrumbre
nuestras miradas desvanecidas
sin comprenderlas
a la oscuridad del miedo deshilachado
de esperanzas.

CRÍA CUERVO

Se ha malgastado en la vana tarea
de criar cuervos.

Cuervos negros que a picotazos
le dolerán el corazón
y llenarán de murmullos sus días.

Sin embargo… los alimenta
con la devota inclinación de un monje.

¿Qué esperará del derramado amor
puesto en sueños salobres de soledad
cuando se escurra el tiempo?

Las bien criadas aves
impacientes de esperar
devorarán sus ojos
mientras sus vuelos
buscarán otros destinos.

Lágrimas de tierra dura
tan fugaces
como las fugaces promesas
rodarán por sus dedos en súplica
cuando las beba.

Será ya tarde… pero será lo suyo.

EL JEREZANO MORAITO CHICO

MANUEL MORENO(MORAITO CHICO)
Sobre la sombra dolida
desgarrada voz del alba,
echa sones la guitarra,
que llora por bulerías.
¿Manuel, que oscura memoria
te ha arrastrado hacia esa Luna
de blanca dolor de espuma
y de aceitunado canto?
Contra la calle perpetua
de Jerez, duerme la noche.
¿Qué noche, será esa noche,
que en su silencio te encierra?
Taña plena la guitarra
y suene con armonía
que todo su canto diga
en su sueño embelezado
que ha muerto Manuel Moreno.
El Jerezano.

BREVE BIOGRAFÍA DE FACUNDO QUIROGA y CANCIÓN ALUSIVA

Juan Facundo Quiroga nació en 1778, en San Antonio, departamento de Los Llanos, en la provincia de La Rioja. A los 16 años comenzó a conducir las arrias de su padre, el estanciero José Prudencio Ouiroga. Tras un breve paso como voluntario por el Regimiento de granaderos a caballo, en Buenos Aires, regresó en 1816 a La Rioja, donde colaboró activamente con el ejército del norte que luchaba contra los realistas, proveyéndolo de ganado y tropas. En 1818 recibió de Pueyrredón el título de “benemérito de la Patria” y a fines de ese año intervino destacadamente para sofocar un motín de prisioneros españoles en San Luis.
A partir de 1820, con el cargo de jefe de las milicias de Los llanos, se inició en La Rioja la preponderancia de Quiroga. Convertido en árbitro de la situación riojana, contribuyó a colocar en el gobierno provincial a Nicolás Dávila, quien en ausencia de Quiroga intentó apoderarse de la artillería y el parque de Los Llanos. El caudiillo derrotó al Gobernador en el combate de El Puesto y aunque asumió la gobernación sólo por tres meses – 28 de marzo al 28 de Junio de 1823 – continuó siendo, en los hechos, la suprema autoridad riojana.
Quiroga brindó su apoyo entusiasta al Congreso de 1824 reunido en Buenos Aires, pero pronto se produjo su ruptura con los unitarios porteños. En esos momentos, el gobierno de La Rioja se asoció con un grupo de capitalistas nacionales encabezados por Braulio Costa, a quien se otorgó la concesión para explotar las minas de plata del cerro de Famatina. Facundo, como comandante del Departamento, fue también accionista de la compañía y, por el convenio, quedó encargado de asegurar la explotación, con cuyo producto se acuñaría moneda a través del Banco de Rescate y la Casa de Moneda de La Rioja. Sin embargo, la designación de Rivadavia como Presidente de la República, en 1826, alteró estos planes. El Presidente, que durante su permanencia en Inglaterra había promovido la formación de una compañía minera, nacionalizó la riqueza del subsuelo y también la moneda, prohibiendo la acuñación a toda institución que no fuera el Banco Nacional, por él creado. La reacción de Quiroga fue inmediata. Junto a los otros gobernadores que resistían la política centralista de Rivadavia que culminó con la sanción de la Constitución unitaria, se levantó en armas contra el presidente, enarbolando su famoso lema de Religión o Muerte. Su lucha contra los unitarios había comenzado, en realidad, en 1825, cuando Quiroga derrotó a La Madrid – usurpador del gobierno de Tucumán – en El Tala y Rincón de Valladares.
Caído Rivadavia, Quiroga apoyó la efímera gestión de Dorrego, cuyo fusilamiento volvió a encender la chispa de la guerra civil. Facundo se convirtió entonces en figura descollante del movimiento federal y, en el interior, enfrentó a las fuerzas unitarias del General Paz. El Tigre de Los Llanos, como lo llamaban amigos y adversarios, cayó derrotado en La Tablada y en Oncativo. En Buenos Aires, con la ayuda de Rosas, formó una nueva fuerza, llamada División de Los Andes, Al frente de ella ocupó San Luis y Mendoza, en Córdoba persiguió a La Madrid – el jefe de las fuerzas unitarias después de la captura de Paz – y, ya en tierra tucumana, lo derrotó completamente en La Ciudadela. En esos momentos su poder y su prestigio alcanzaban el punto más alto. Después de participar en la etapa preparatoria de la campana del desierto realizada por Rosas, permaneció con su familia en Buenos Aires durante un tiempo. En 1834, a pedido de Maza, gobernador de Buenos Aires, y del propio Rosas, medió en un conflicto entre Salta y Tucumán. En Santiago del Estero se enteró del asesinato de De La Torre, gobernador salteño. Cumplida su misión en el norte, Quiroga emprendió el regreso hacia Buenos Aires, desoyendo las advertencias sobre la posibilidad de que se lo intentara asesinar y rechazando el ofrecimiento de protección que le hizo Ibarra, el gobernador santiagueño. Su coraje lo condujo, una vez más, a enfrentarse con la muerte. Pero en esta oportunidad, el Tigre perdió la partida: en Barranca Yaco fue ultimado por un grupo de asesinos enviados por los hermanos Reynafé, a la sazón dueños del gobierno de Córdoba.
SOBRE SOMBRAS Y MEMORIAS
Letra y Música : Mario Dobry
Tras un recodo del día
ensombrecido y austero,
el hombre piensa su muerte
el devenir y el momento.
Piensa en la luz que le alumbra
piensa en sus últimos gestos,
sus actos ya son memoria
que el tiempo cuenta en silencio.
La patria no le da tregua
y por la senda dolida
crujiendo y en plena noche
va la galera furtiva.
El postillón y el cochero
abren la senda en silencio,
Quiroga marcha ha su muerte
entre la audacia y el viento.
No le espantaban las sombras,
no le cortaba el aliento,
estaba para otra historia,
echa de sangre y misterio.
Oyó los vanos consejos
de Rosas y Buenos Aires,
y fue en un soplo al galope
entre tunas y andurriales.
Camino de su destino
Reynafé lo esta esperando,
hay odios que se empecinan
en hacer al hombre malo.
Sobre la pampa infinita,
sobre el siniestro paisaje,
sonaron los estampidos
como final de un mensaje.
Allá por Barranca Yaco,
anda rondando un lamento,
echo de ausencia y guitarras
porque Quiroga ya ha muerto.